Quizás sea una versión evolucionada de aquel Gran Hermano que todo lo veía en 1984, la famosa novela de George Orwell. El ascenso de Facebook, ubicado entre el espionaje, la mercantilización y una fantasía tecnocrática en suspenso
A través de internet, y con un perfil creado a partir de la dirección de mail y los datos personales, el usuario y Facebook emprenden esa búsqueda digital de los recuerdos, como si ese viejo libro de firmas fuese desempolvado de un ilusorio desván. Pero mientras se enlacen mayores cantidades de contactos (que automáticamente son denominados amigos) el grado de privacidad comienza a disminuir progresivamente, y aquí es cuando el usuario comienza a sentirse observado desde el uso del dispositivo. Por ejemplo, si un contacto etiqueta a otro en una fotografía añadida en un álbum, la red automáticamente notifica a todos que esa persona está identificada, mostrándola además en un contexto determinado, en un aquí y ahora que deja a la vista del público usuario lo que cualquier persona hizo o podría llegar a hacer: todos sabrán algo de la vida de los otros.
Uno de los casos más efervescentes sucedió en Inglaterra, cuando un hombre apuñaló hasta la muerte a su ex esposa al ver que ésta había cambiado su estado civil de casada a soltera y además interesada en conocer hombres, dentro de su perfil en esta red social. Entonces, el cartel del estado civil, al cambiar su estado, notificó no solo al homicida, sino también a todos los contactos que dicha relación había terminado. Así, la idea de estar permanente conectado con los otros, los del ayer y del hoy, comienza a trascender la barrera entre lo privado y lo público.
Desde un comentario y una foto, hasta las notificaciones del estado y la información del perfil, cualquiera que esté unido a la red puede conocer una parte de lo que hicimos, hacemos o pensamos hacer. Un dato interesante aparece en la política de privacidad de la red, donde explícitamente se notifica que “Facebook puede también recoger información acerca del usuario de otras fuentes, como periódicos, blogs, servicios de mensajería instantánea, y de otros usuarios de cualquiera de los otros servicios de Facebook (por ejemplo, etiquetas en las fotos) para proveer al usuario de mayor información y de una experiencia mas personalizada. Al usar Facebook, el usuario consiente la transferencia de sus datos personales, para ser procesados en los Estados Unidos”. Esto último se corresponde con el rumor de que la CIA y el gobierno norteamericano podrían haber invertido cifras millonarias en utilizar este servicio para crear un casi omnipotente sistema de información.
Un sacrificio de la privacidad aparentado desde aquel concepto de ocio al que se referían Adorno y Horkheimer, cuando decían que “divertirse significa estar de acuerdo”. En esta línea, Facebook funciona como un instrumento más del capitalismo (al estar sustentado por marcas mundiales como Microsoft, Coca Cola y Blockbuster, entre otras, a las cuales se les está confiando indirectamente ese trozo de privacidad) y puede establecer, mediante el apócrifo juego de las aplicaciones, las preferencias de consumo para los numerosos usuarios-consumidores, que cuentan en sus perfiles con una cantidad considerable de amigos digitalizados, y amigos de amigos que continúan sabiendo cosas, como si la vida privada se hubiese convertido no solo en una mercancía, sino también en una nueva noticia de la cotidianeidad de ese alguna vez mencionado mundo paralelo.



