21 de noviembre de 2008

¿Cómo está la vida de los otros?

Quizás sea una versión evolucionada de aquel Gran Hermano que todo lo veía en 1984, la famosa novela de George Orwell. El ascenso de Facebook, ubicado entre el espionaje, la mercantilización y una fantasía tecnocrática en suspenso


Con un nombre que remite a ese conocido libro de firmas de la preparatoria estadounidense, la red social Facebook se suma a la lista de dispositivos incluidos en el uso diario de internet. La imagen parece sencilla: aquel libro que supo aparecer en varias series y películas norteamericanas, entendido como un compendio de recuerdos, se encargaba de guardar las imágenes y palabras de esas personas que alguna vez formaron parte de la vida personal. Pero esta fórmula que se logra entre el tiempo que transcurre y una parte de la vida vivida da como resultado un nuevo modo de saber del otro, de manera indirecta y mucho más impersonal que la ya clásica escena callejera del ¿cómo estás tanto tiempo, qué es de tu vida? Facebook parece tener una respuesta inmediata que incluso evita esta situación tan típica de las añoranzas personales.
A través de internet, y con un perfil creado a partir de la dirección de mail y los datos personales, el usuario y Facebook emprenden esa búsqueda digital de los recuerdos, como si ese viejo libro de firmas fuese desempolvado de un ilusorio desván. Pero mientras se enlacen mayores cantidades de contactos (que automáticamente son denominados amigos) el grado de privacidad comienza a disminuir progresivamente, y aquí es cuando el usuario comienza a sentirse observado desde el uso del dispositivo. Por ejemplo, si un contacto etiqueta a otro en una fotografía añadida en un álbum, la red automáticamente notifica a todos que esa persona está identificada, mostrándola además en un contexto determinado, en un aquí y ahora que deja a la vista del público usuario lo que cualquier persona hizo o podría llegar a hacer: todos sabrán algo de la vida de los otros.
Uno de los casos más efervescentes sucedió en Inglaterra, cuando un hombre apuñaló hasta la muerte a su ex esposa al ver que ésta había cambiado su estado civil de casada a soltera y además interesada en conocer hombres, dentro de su perfil en esta red social. Entonces, el cartel del estado civil, al cambiar su estado, notificó no solo al homicida, sino también a todos los contactos que dicha relación había terminado. Así, la idea de estar permanente conectado con los otros, los del ayer y del hoy, comienza a trascender la barrera entre lo privado y lo público.
Desde un comentario y una foto, hasta las notificaciones del estado y la información del perfil, cualquiera que esté unido a la red puede conocer una parte de lo que hicimos, hacemos o pensamos hacer. Un dato interesante aparece en la política de privacidad de la red, donde explícitamente se notifica que “Facebook puede también recoger información acerca del usuario de otras fuentes, como periódicos, blogs, servicios de mensajería instantánea, y de otros usuarios de cualquiera de los otros servicios de Facebook (por ejemplo, etiquetas en las fotos) para proveer al usuario de mayor información y de una experiencia mas personalizada. Al usar Facebook, el usuario consiente la transferencia de sus datos personales, para ser procesados en los Estados Unidos”. Esto último se corresponde con el rumor de que la CIA y el gobierno norteamericano podrían haber invertido cifras millonarias en utilizar este servicio para crear un casi omnipotente sistema de información.
Un sacrificio de la privacidad aparentado desde aquel concepto de ocio al que se referían Adorno y Horkheimer, cuando decían que “divertirse significa estar de acuerdo”. En esta línea, Facebook funciona como un instrumento más del capitalismo (al estar sustentado por marcas mundiales como Microsoft, Coca Cola y Blockbuster, entre otras, a las cuales se les está confiando indirectamente ese trozo de privacidad) y puede establecer, mediante el apócrifo juego de las aplicaciones, las preferencias de consumo para los numerosos usuarios-consumidores, que cuentan en sus perfiles con una cantidad considerable de amigos digitalizados, y amigos de amigos que continúan sabiendo cosas, como si la vida privada se hubiese convertido no solo en una mercancía, sino también en una nueva noticia de la cotidianeidad de ese alguna vez mencionado mundo paralelo.

8 de noviembre de 2008

De la naturalidad del pecado

Raul Barón Biza es uno de los pocos escritores argentinos que puede ser considerado automáticamente como visionario. Hombre de historia apasionante y compleja, encarcelado, acusado de pornógrafo, inmoral y revolucionario, propone en su obra El derecho de matar (1930) una meditación trágica sobre la existencia, donde se profundiza y emerge un análisis directo e inexplorado acerca de la verdad y del hombre. Las peripecias que sufre el “héroe”, Jorge Morganti, no son consecuencia de una culpa y en esto podemos ver el principio de una reflexión sobre el sufrimiento como elemento central de la condición humana, que luego se desdobla en una instancia aparentemente superadora, fundada en el entendimiento natural del curso de las acciones que lo hieren en lo más profundo de su alma.
Ya desde el principio, Barón Biza nos efectúa tres magníficos llamados de atención: en la primera hoja, una cita de él mismo nos remite a la mujer [1] como un mundo, describiendo particular y poéticamente su presentación ante el hombre. En segundo lugar, una reproducción textual de la defensa de su abogado en el juicio que condenó a la censura al autor y a su polémico escrito, que posteriormente sería quemado por órdenes de la iglesia. Por último, una genial carta destinada al por ese entonces Papa Pio XI, en la cual redefine a la blasfemia no como un acto prohibido, sino como una manifestación de la verdad oculta en la vida de los hombres. Una verdad que según Barón Biza no peca de holística, y que se funda en este ideal de la representación del sufrimiento y sus misceláneas consecuencias.
El personaje principal de la historia nos cuenta sus progresos a partir de monólogos que transcurren como moralejas explícitamente violentas, reflexionando sobre la importancia de las dudas e inseguridades, la obediencia a consejos ajenos, quizás prefabricados, rodeado por un mundo regido por la posesión sexual y la muerte, la misantropía absoluta, el escepticismo respecto a la mujer como ser dependiente de su propia sexualidad para con sus actos, la negación de los valores morales impuestos por la iglesia y la política, el ideal de una revolución ejecutada por la naturaleza, la contradicción de los sentimientos…
Barón Biza, seguramente disfrazado de Jorge Morganti, quizás creó una nueva biblia, un libro que cuando es abierto en cualquier pasaje demuestra pequeños exhortos de lo que representa la existencia en si misma: un vacío aparentemente irresoluble, conflictivo, que al mismo tiempo reconoce a la nostalgia respecto de ese mismo mal que lo embiste. Y esa nostalgia se naturaliza no solo en los vacíos existenciales, sino también en aceptar cómo esos gritos que confunden la filantropía y la misantropía pueden morir en ese mismo vacío, pero dejando una pequeña gran huella en la que confía como si se tratase de una dádiva o una limosna para la humanidad.
Una de las situaciones más comprometidas se revela cuando Morganti, luego de un período de enamoramiento febril y un rotundo acto sexual arriba de un ataúd, no concibe cómo esa mujer en la que depositó sus pocas creencias en el mundo pudo haberlo engañado. Y el engaño no fue con otro hombre, sino con otra mujer. Furioso y desconocido para el mismo (pero ya no para la humanidad en la que confía su existencia, ahora el universo existe para él porque él existe), vivifica sus nuevos y desconocidos pensamientos en un revolver niquelado, que para él ya representa a la verdad. De este modo, deja de ser el juez de si mismo para pasar a juzgar con su arma, ahora disfrazada de su verdad. Y ante esta situación, en que las esperanzas de un hombre se difuminan junto a la persona que las alimentaba, el afirma que debe matarlas.
¿Por qué no matar a aquel que nos hace infelices? Barón Biza juega con esta controvertida cuestión en la que se debate si en verdad el inconciente goza sufriendo hasta dejar de tolerar aquella angustia predominante. La pulsión y la ansiedad se apoderan de Morganti para seguir deshaciendo verbalmente al mundo que lo vio nacer, querrá destruirlo para luego volverlo a construir, sabiendo que ese mal que lo acongoja lo seguirá acompañando bajo diferentes manifestaciones. Y sin embargo, ese derecho de matar permanecerá como una tentación tan natural como el mismo pecado.


[1]¡Oh mujer! Para lograr una figura tan bella y un corazón tan duro, ¿qué dios del Olimpo se ayuntó con la hiena?... La pornografía en los libros está en proporción a la degeneración del cerebro lector”.