27 de abril de 2009

¿Camino al divorcio?


Hace aproximadamente  tres años, un reportaje que el cineasta y periodista brasileño, Arnaldo Jabor, habría realizado al jefe del Primer Comando de la Capital (PCC) Marcos Camacho “Marcola”, recorría internet como si se tratase de un rumor de separación de un matrimonio cualquiera. La entrevista se comentó en los medios no tanto por su veracidad, sino por su más puro carácter apócrifo. Precisamente, se trataba de una entrevista ficcionada, comparable a la lectura de un diálogo novelesco cuyo personaje principal es Marcola, que elabora desde la pluma del periodista algunos juicios apocalípticos acerca de las posibles soluciones a la violencia desatada en San Pablo. La solución radicaba en que esta misma no existía, y así todo se tiñó del color de la transgresión. El propio Jabor, consultado por el aspecto transgresor  presente en sus escritos, respondió que “…lo hago para que la provocación induzca a la reflexión. El mundo cada vez es más dinámico, por eso yo propongo pensar de una manera más efímera. Hay que aprender a convivir sin certezas”. La famosa entrevista, por momentos, multiplica el peso polémico que a fin de cuentas recae sobre la figura del líder del PCC y sus particulares respuestas. Pero también se ha dicho que la conversación impresiona por la cantidad de verdades crueles que enuncia. Sin embargo, las dudas fueron crecientes en los lectores, ya que las mismas respuestas que aparecen escritas se asemejan al discurso de un héroe romántico y erudito (un Marcola virtual) que sabe mucho más que el incomunicado y detenido líder del PCC al que se refirieron las fuentes policiales. Además, cabe destacar que las opiniones se polarizaron respecto al discurso de la inseguridad en Brasil, algo similar a lo ocurrido en Argentina hace poco tiempo con la reaparición mediática de la pena de muerte.
Lo importante es analizar cómo se puede destruir o construir la confianza desde el lugar de los medios de comunicación. Si se habla de confianza, también se está hablando de una moralidad que la posiciona socialmente. Esto define la calidad moral de las empresas en el ejercicio de la generación de expectativas que legitiman (o deslegitiman) su existencia. Las expectativas, entonces, serán las respuestas que circulan en la actividad social, son las arquitectas que erigen la confianza. En el caso particular de la Argentina, los medios de comunicación obedecen a una mentalidad empresaria. Se trata de la palabra (y en mayor medida, de la verdad) y su conflictivo matrimonio con la palabra de la empresa. Ambas palabras, en esta relación medios-público, quedan sustentadas en su validez y en su reconocimiento social. Y en este marco, se generan una serie de interrogantes para esta relación, como si fuese un matrimonio que desconfía de su fidelidad. Del amor al odio (y viceversa) existe un camino muy corto, y ese tránsito muchas veces se ve interrumpido, justamente, por la pérdida de confianza en el otro. Las expectativas puestas en el matrimonio se diluyen, pasando en menos tiempo del imaginado, de la compra del anillo a la división de bienes. En el caso de los medios de comunicación, o empresas informativas, se trata de una desconfianza signada por un factor que también atenta contra cualquier relación: el miedo. Hoy ya nadie sabe a quién creerle, y la falta de transparencia con el tratamiento de la información, es un camino garantizado hacia el divorcio.
¿Desde qué moralidad hablan los medios de comunicación? Así como Jabor “reinventó” a Marcola en Brasil, en Argentina también han sucedido casos en los que la información no está al servicio de la verdad y la transparencia, o de
“lo que quiere la gente”, sino del vértigo, del miedo, y de los intereses de grupos económicos y políticos que adoptan una tendencia dominante en el mercado. La moralidad de estas empresas informativas, escudada tras los siempre repetidos discursos de la “Responsabilidad Social Empresaria” y la “ética profesional”, se llena en su forma (mercancía) pero se vacía en su contenido (los acontecimientos de cada día convertidos en noticias) para generar así las siempre presentes deformaciones de realidad. Pasando por las figuras exaltadas de algunos futbolistas hasta el encubrimiento para nada sutil de un político que al mismo tiempo está relacionado con una o varias empresas mediáticas que hacen de la ciudadanía un espectáculo, con frases que apelan a la voluntad popular o al acercamiento de los diferentes sectores sociales, o incluso saber que ese periodista al que miramos durante la semana está al servicio de la empresa con una posición tomada para reproducir un miedo contextual, son solo algunas de las imágenes con las que nos encontramos a diario, que aumentan la desconfianza y desdibujan las expectativas depositadas en el tratamiento de la información. Es el fin del amor, como lo conocemos. ¿Quién será el primero en firmar los papeles?